Fue un asalto de luz, un parpadeo.
Te acercaste despacio, sin premura,
me estrechaste la mano con la cura
de quien descifra un viejo manuscrito.
Leíste mis versos en silencio,
esos retazos de mi alma expuesta,
y en tus ojos hallé la respuesta
que ningún labio me había escrito.
Me miraste de frente, con el fuego
de quien conoce el fondo de mi río;
tu sonrisa borró todo mi frío,
y el universo entero quedó mudo.
Te inclinaste sutil, como una brisa,
para dejar un eco en mi memoria;
un susurro que cambia nuestra historia
y desarma mi pecho más ceñudo.
\"Te quiero fuera de este mundo, a solas\",
dijiste en el umbral de mi sentido,
un juramento tierno y escondido
que aún resuena libre en mis auroras.
Me sostuviste la mirada, fija,
con una dulce y mística promesa,
dejando el corazón sobre la mesa,
suspendido en el aire que devoras.
Y te fuiste después, tan lentamente,
midiendo cada paso en el olvido,
girando el rostro al cielo desmedido,
como queriendo regresar la vista…
Te marchaste sabiendo que me quedo
atado a tu susurro, a tu mirada,
con el alma de pronto iluminada
y una distancia que al volver se alista.