Si por algo me sigue gustando el fútbol después de 40 años como aficionado, es porque cuando comienza comienza a rodar la pelota por el césped tras el pitido inicial del árbitro, cualquier resultado es posible, independientemente de la corrupción que pueda haber en los despachos. Aunque muchas veces veamos acciones antideportivas de los propios futbolistas, como dejarse caer para simular un penalti, el hecho de que un equipo teóricamente inferior en calidad o experiencia pueda plantarle cara e incluso derrotar a otro superior, hace que este deporte siga mereciendo la pena.
El fútbol, y cuando hablo de fútbol, me refiero solamente a la esencia del deporte, como todo en la vida, hace aflorar lo mejor y lo peor del ser humano, sobre todo teniendo en cuenta la repercusión y los intereses que lo rodean. En los países azotados por la guerra o la miseria, un grupo de niños pueden confeccionar una pelota de trapo y mientras juegan en un terreno polvoriento o sobre los escombros, se olvidan del hambre o del peligro de las bombas. Por otro lado, tenemos al padre que va a ver un partido de su hijo y, de buenas a primeras, entra en el campo a pegarle al árbitro por no haber pitado lo que él consideraba una falta a favor del niño.
Por suerte para mi salud, el mundial de fútbol se disputa cada 4 años, y digo esto porque vivo muy intensamente los partidos de España. Sin ir más lejos, hoy debía jugar contra Portugal a las 9 de la noche y me he pasado todo el día en tensión, bajo un comportamiento errático por la preocupación de una posible derrota. Por poner algunos ejemplos, al café le he echado 2 cucharillas de sal, he metido la lasaña en la lavadora y los calcetines sucios en el microondas. Por suerte y porque España ha sido mejor en el cómputo global del encuentro, España ha conseguido ganar el duelo ibérico y se ha plantado en la ronda de cuartos de final. Su próximo rival, contra todo pronótico, será Bélgica, que hace un rato ha derrotado a la anfitriona, Estados Unidos, pese a los intentos del presidente de este país (uien no tiene ni idea ni le interesa lo más mínimo este deporte) por adulterar la competición para dar ventaja a la selección de su país. Trump es tan sinvergüenza, que además de robar, luego se jacta de ello para demostrar ante el mundo su impunidad. Por fortuna, como digo, y aunque no me alegre por los futbolistas, han quedado eliminados. Con la inquina que este señor ha demostrado contra España por no apoyarle en sus batallitas, para tener que enfrentarnos a ellos nos tendríamos que haber presentado en el partido metidos en una caja fuerte. El fútbol ha hecho justicia, como también lo hizo el día que España eliminó a Uruguay, equipo que estuvo más pendiente de dar patadas a su rival que de jugar al fútbol.
La final está cada vez más cerca y Francia está demostrando ser la principal candidata a alzarse con el título. Cuenta con 4 misiles en punta de ataque y va a ser complicado mojarles la oreja. Si consiguen eliminar en la siguiente ronda a Marruecos, a España le tocaría enfrentarse a ellos en semifinales en caso de derrotar a Bélgica. Para ello, es preciso que Marruecos y España se unan por el objetivo de apear a los franceses. El plan es el siguiente, camaradas marroquís: ya habéis demostrado que tenéis un gran equipo y podéis vencer a cualquiera, y si conseguís ganarles, nos enfrentaríamos a vosotros en semifinales y que gane el mejor, pero en caso de que Francia os gane, intentad hacerles correr bastante para que luego los pillemos cansados, a ver si entre vosotros y nosotros podemos sorprenderles.
Está siendo un mundial interesante. Con algunas sorpresas, como la eliminación de Alemania a manos de Paraguay o la de Brasil ante Noruega. El último mundial de algunas leyendas del balompié como Messi, que aún mantiene vivas sus opciones de ganar su segundo título, Cristiano Ronaldo o Neymar, ya eliminados del torneo. Sin duda, lo que más me ha impactado del torneo es la selección de Noruega. Más allá de su estrella, el ciborg hierático Erling Haaland, capaz de meter un golazo a la pentacampeona Brasil y no mover ni un dedo para celebrarlo, lo que más me ha impresionado es la celebración de sus victorias. Unidos equipo y aficción en el mismo barco vikingo, todos juntos se ponen a remar al ritmo de los tambores del Valhalla, como si el dios Odín enviase a sus Valkirias partido tras partido a recoger a los guerreros caídos del equipo rival. Es admirable como uno de los países con menos pobreza y más seguridad del mundo, con menos de 6 millones de habitantes, donde hace tanto frío que salmones se resfrían en los fiordos, es capaz de remar con esa energía para salir vencedores en los partidos. Si la reencarnación existe, me pido reencarnarme en aurora boreal noruega.