Hay un intenso dolor en mi alma. Se trata de este mundo.
Han quemado cuerpos. Pieles que fueron queridas. Pechos donde han dormido niños que nunca fueron encontrados. El odio se toma el tiempo que necesita para lastimar gravemente hasta el tejido de tu espíritu. Por eso siento un dolor personal con este mundo.
Grandes armas crean kilómetros de muerte. No importan las banderas. Crecimos sobre una tierra manchada de dolor, donde la guerra se justifica y el hambre es una costumbre.
Comprender es triste. La paz está en el origen. El alimento crece cerca de las flores. Nunca nada nos hizo falta para ser felices y, sin embargo, vivimos un martirio.
En el aire se notan sentimientos humanos. Tienen nombres: pobreza, preocupación, ira, angustia, soledad. El mundo nunca nos regaló gozo. No hay diablo al que nombrar. Mi raza se vendió al terror por obstinada y cobarde.
Señalan las características políticas y religiosas como motivo de la ruina de la vida. Pero no deshumanicen. Después de todo, siempre fuimos los humanos los encargados de convertir en infierno el suelo que nos nutre.
Mira la expansión en la misma medida que la reducción. Ahí está la síntesis: el humano.
¿Seremos, por casualidad, la única etnia sin hermandad, indiferente al masacrar a otros de nosotros?
Una noche tuve un sueño. La voz de un hombre recitó un verso: «El peor sitio es la Tierra; allí todos apuntan al corazón». Es la certeza menos difícil de creer y la más fácil de olvidar.
Recuerden: la vida no tiene nada que ver con ser pensada, sino sentida. Los mensajes no son explícitos. Han causado mentes débiles que nieguen el corazón. Solo así el poder tiene el poder. Veo razón, pero el dolor de mi alma es el dolor de tu corazón, allí donde el sentimiento existe antes que cualquier razonamiento.
Vine aquí conociendo los enfrentamientos de este mundo. Pero, por primera vez, expongo con entrega mi corazón con nombre y apellido. Solo el mío.
El mundo duele. Debería dolerte. No es común, en el plano de existir, que a una raza la mueva más el odio que el amor. Ni que la inocencia sea irrumpida por la violencia. Ni que la vejez signifique morir enfermo.
Regresando al inicio del texto: mi cuerpo no siente solo con el cuerpo y el corazón; siento con el alma. Los sentimientos son viajeros del espacio-tiempo y, antes de ser humana, fui, he sido y seré la eternidad de mi alma, que ahora vive el mundo a través de mí.
Valentina Arriola.