Podemos adoptar palabras,
no para fijarnos,
sino para movernos.
Palabras qué sin ser nombres,
nos nombren,
como si cada una fuera un modo de estar en el mundo.
Y entonces pensar el día desde esa palabra,
y las noches desde otra,
llenándonos de presencia,
como quien se viste de un clima,
o de un pulso,
o de una letra que respira.
Si querés,
seguimos el juego:
vos elegís tu palabra,
yo elijo la mía,
y después vemos cómo se cruzan,
cómo se rozan,
cómo se transforman en un modo de pasar el día.
Y así nombrarnos sin nombrarnos,
como si ese gesto mínimo alcanzara para tenernos,
cuando no podemos tocarnos,
cuando no podemos vernos.