Lágrimas secas rodando en mi cara
que adentro manaban como en un pozo;
así las escondí, ya muerto el gozo,
así al fondo iban por que yo te amara.
Mi pecho empozado lento crecía,
ahogando al corazón resignado
pues solo de ti era necesitado…
¡Fue duro no tenerte cada día!
Te reclamé a gritos en el desierto
más tu voz acudía sin tu presencia:
eras el fantasma de mi impaciencia
arrastrándose en un camino muerto.
No volverás. Oigo el goteo incesante.
Queda la noche, el insomnio, el instante.