Donde no estás
Te busco en los jardines
que ya huelen a podredumbre.
Bajo las fuentes secas,
donde antes temblaban tus pasos,
sólo hay larvas y hojas negras.
Y aun así camino.
Te escribo con urgencia,
pero el poema ya no escucha.
Se me fue un verso —el más fiel—
a buscarte entre cuerpos ajenos,
y volvió herido,
oliendo a ausencia.
¿Cómo se dice «te amo»
sin que se pudran las sílabas?
Mi lengua se equivoca de rezo
cada vez que te nombra,
y tu mirada, ya extinguida,
sigue atravesando la mía.
Pero igual voy.
Igual muerdo la noche,
porque tengo el presentimiento
de que, cuando se quiebre la luna,
cuando el mundo por fin se desarme,
allí, entre las ruinas del silencio,
tu nombre será la última palabra
que sobreviva en mi boca.