Juan Iscar

A gritos llamo a Dios

A gritos llamo a Dios cuando amanece

en el asombro de la luz del nuevo

día. Desde mis soledades llevo

el nombre que a la vida pertenece.

 

El nombre de Jesús, mientras camino,

repito ensimismado en cada paso.

Medito el dulce nombre y acompaso

el latir del corazón con mi destino.

 

De las uvas dulces su sangre bebo,

de la harina celeste el pan cocino

en el horno de alma al que Cristo vino

para hacer que el hombre nazca de nuevo.

 

Clamo al Padre que en silencio me acoge

en la ardua soledad de mi existencia.

Sólo estoy, en su amorosa presencia,

abierto a tanto amor que sobrecoge.

 

Requiero del Espíritu, que enciende

el duro corazón en llama viva,

que anule la soledad que cautiva

el alma y por todo mi ser se extiende.

 

El mal en este mundo está sembrado,

no sé por qué mi Dios esto permite

para comprenderlo Jesús remite

a la vida que tuvo a nuestro lado.

 

Sólo estuvo en la noche de la cena

cuando el sueño embargó a sus amigos.

En su agonía del monte entre olivos

oró sudando sangre de la pena.

 

Allí le vendió Judas por dinero,

uno más de entre los doce elegidos.

No entendió el reino, del mundo evadido,
de perdón, humildad y amor sincero.

 

Pilatos le azotó por conveniencia

y en su lugar soltó a un asesino,

le impusieron corona hecha de espino,

se mofaron del rey de la clemencia.

 

Sólo estuvo clavado en el madero

cuando su túnica jugaban a los dados,

gritó que había sido abandonado,

aceptó morir como un cordero.

 

Llamó al Padre, Dios mío, sin respuesta,

tembló la tierra y huyeron sus amigos

Negó Pedro en la noche ser testigo

de Aquél que del perdón hizo protesta.

 

Miró a su madre y al discípulo amado

y abrió su corazón al mundo entero.

Hizo al perdón semilla de su reino.

Nos limpió con su sangre del pecado.

 

¿Oh Dios por qué este desvelo incesante

si el centurión descubrió al ser divino

en ese comportamiento genuino

de dignidad patente y deslumbrante?.