A gritos llamo a Dios cuando amanece
en el asombro de la luz del nuevo
día. Desde mis soledades llevo
el nombre que a la vida pertenece.
El nombre de Jesús, mientras camino,
repito ensimismado en cada paso.
Medito el dulce nombre y acompaso
el latir del corazón con mi destino.
De las uvas dulces su sangre bebo,
de la harina celeste el pan cocino
en el horno de alma al que Cristo vino
para hacer que el hombre nazca de nuevo.
Clamo al Padre que en silencio me acoge
en la ardua soledad de mi existencia.
Sólo estoy, en su amorosa presencia,
abierto a tanto amor que sobrecoge.
Requiero del Espíritu, que enciende
el duro corazón en llama viva,
que anule la soledad que cautiva
el alma y por todo mi ser se extiende.
El mal en este mundo está sembrado,
no sé por qué mi Dios esto permite
para comprenderlo Jesús remite
a la vida que tuvo a nuestro lado.
Sólo estuvo en la noche de la cena
cuando el sueño embargó a sus amigos.
En su agonía del monte entre olivos
oró sudando sangre de la pena.
Allí le vendió Judas por dinero,
uno más de entre los doce elegidos.
No entendió el reino, del mundo evadido,
de perdón, humildad y amor sincero.
Pilatos le azotó por conveniencia
y en su lugar soltó a un asesino,
le impusieron corona hecha de espino,
se mofaron del rey de la clemencia.
Sólo estuvo clavado en el madero
cuando su túnica jugaban a los dados,
gritó que había sido abandonado,
aceptó morir como un cordero.
Llamó al Padre, Dios mío, sin respuesta,
tembló la tierra y huyeron sus amigos
Negó Pedro en la noche ser testigo
de Aquél que del perdón hizo protesta.
Miró a su madre y al discípulo amado
y abrió su corazón al mundo entero.
Hizo al perdón semilla de su reino.
Nos limpió con su sangre del pecado.
¿Oh Dios por qué este desvelo incesante
si el centurión descubrió al ser divino
en ese comportamiento genuino
de dignidad patente y deslumbrante?.