El amor no llegó de repente.
No hubo un instante preciso
que pudiera señalar con el dedo.
Fue como la luz
cuando entra en una habitación:
primero apenas una insinuación,
después una claridad
que ya no sabe marcharse.
Desde entonces
el mundo siguió siendo el mismo.
Los árboles florecieron y perdieron sus hojas.
Las estaciones cumplieron su antigua tarea.
La lluvia siguió golpeando los vidrios
con la misma paciencia de siempre.
Y, sin embargo,
había algo distinto.
No en el cielo.
No en los caminos.
En mi manera de mirarlos.
Comprendí que amar
es permitir que otra persona
habite también el paisaje de uno.
Que un banco en una plaza
deje de ser un banco.
Que una calle cualquiera
conserve el eco de una conversación.
Que el invierno
no sea solamente invierno.
Hay amores
que prometen eternidades.
El mío sólo espera
seguir encontrándote
en la sencilla costumbre de los días.