Desde niña buscaba su abrigo,
mi refugio si el miedo acechaba;
el susurro de un fiel y buen amigo
que en silencio y con fe me consolaba.
No comprendo la mano que olvida,
ni el desprecio al que se hace mayor;
¿cómo dejas a un alma herida
cuando más necesita tu amor?
A mí no me importan los años,
ni el invierno que nubla su andar;
en mi casa no existen extraños,
son perritos que quiero cuidar.
No me importa limpiar sus descuidos,
su vejez es mi gran bendición;
ver sus platos por fin contenidos
es la gloria para mi corazón.
Son sus almas las que me equilibran,
las que sanan la herida ancestral;
tantas colas que alegres hoy vibran
en un pacto de amor sin final.
Que este mundo ruede con prisa,
yo me quedo en mi trozo de cielo;
ver comer a mis niños me alivia,
sus ojitos son mi consuelo.