Hubo días en los que el silencio pesaba,
y el corazón hablaba en un idioma que no entendía.
Pero seguí caminando,
aunque mis pasos fueran pequeños.
Hoy miro hacia atrás
y descubro que crecí sin darme cuenta.
Las heridas ya no dirigen mis caminos;
ahora son cicatrices que me recuerdan
todo lo que fui capaz de superar.
Hay algo distinto en mí.
Sonrío con más calma,
respiro con más libertad,
y vuelvo a creer que cada amanecer
trae una oportunidad nueva.
Encontré refugio en las palabras.
La escritura dejó de ser tinta sobre el papel
para convertirse en el lugar
donde mi alma aprende a respirar.
Cada verso es un desahogo,
cada historia una forma de sanar,
cada página un paso más hacia quien quiero ser.
No soy la misma persona de ayer,
y eso ya es una victoria.
Porque avanzar no siempre significa correr;
a veces basta con no rendirse.
Hoy abrazo mis cambios,
mi paz, mis sueños
y esta pasión inmensa por escribir,
porque entendí que mientras existan palabras,
siempre habrá una manera
de volver a encontrarme.