Leoness

Desnudo incongruente

La memoria es un cuarto oscuro 

que huele a azufre y a tu pelo.

 

Allí te invoco, mi amor de plenitud,

mientras, mi cuerpo naufraga 

en una infidelidad de saliva ajena,

un espasmo clandestino

para morder el aire que tú ya no me dabas.

 

Te fui infiel con la urgencia de los animales heridos,

buscando en otros muslos 

el eco de un diálogo que se nos murió de hambre.

 

Vienen los flashes, obscenos y descalzos,

tus piernas abiertas como un compás de oro 

que no sabía medir mi desorden.

 

Mi boca en tu vientre, 

intentando descifrar un idioma que ya no hablábamos,

mientras tú resolvías el mundo 

con la punta de los dedos,

fría, erecta, 

disparando certezas que me dejaban ciego.

 

Éramos dos fieras lamiéndose el lomo 

en direcciones opuestas.

 

Qué impudicia la de nuestras camas vacías,

donde el deseo se volvió 

un insecto atrapado en el ámbar.

 

Nos faltó el descaro de desnudarnos la verdad.

 

Nos ocultamos la información como quien

esconde un feto muerto bajo la alfombra.

 

El egoísmo creció como un vello púbico, espeso y oscuro,

colonizando los rincones donde antes nos devorábamos.

 

Dejamos de mirarnos a los ojos 

para mirar el segundero,

y el sexo se volvió un trámite de sombras, 

una autopsia en cámara lenta.

 

Hasta que el silencio acumulado se volvió semen de pólvora,

y en mitad de un orgasmo de puro rencor,

estalló la incomprensión.

 

Una mirada lasciva de espacios rotos,

un grito de carne que se rasga

porque ya no sabe a quién le pertenece el sudor.