Una y otra vez contó su historia,
como quien se niega a perder
ni un fragmento del tiempo vivido.
La muerte lerda acechaba tras la puerta,
con la guadaña al hombro
y los ojos incendiados de barbarie.
Tres lutos le brotaron en el pecho,
como una losa de orfandad
sudando sangre por los poros.
Una guerra sin razón,
tres fusiles de agonía,
y dos niños
desnudos de amparo.