Asomada en mi azotea,
observo las luces del viejo París.
Abanico en la mano,
intento pensar en el próximo poema,
en ese que aún no encuentra las palabras.
Las horas pasan volando.
Desde el bar llegan voces.
Un piano rompe el silencio
y sus notas me hacen regresar a antaño,
cuando viví cerca del mar,
en aquella casa pequeña,
en otro país que me recogió.
Ostras, costumbres,
otro cielo,
otro sabor.
Había voces que me atraían.
Se escuchaba reír y cantar,
y desde mi sitio privilegiado
veía a los amantes pasear.
La noche de verano era cálida,
casi me hacía sudar.
Entonces me sorprendí a mí misma.
Sin pensar en las obras de entonces,
las notas salían de mi garganta al compás.
Nada tenían que ver con esta ciudad rosada,
a la que fui a parar sin saber el idioma,
sin amigos,
solo con mi edad y mis ganas de empezar.
Y, sin embargo,
me sentí feliz y risueña.
Todavía me sorprendo
cantando fragmentos
que nada tienen que ver con la ciudad en la que habito,
como si la memoria eligiera siempre su propio camino.
Y vuelve la necesidad
de ser protagonista de una calle,
de una noche que no termine
hasta el amanecer.
Entonces recuerdo la luz de Asturias.
¿Era rosa también?
Una lágrima se asoma a mis ojos.
Un estremecer me recorre por dentro.
Y comprendo que hay lugares
que nunca se abandonan del todo,
porque siguen viviendo
en la música,
en la memoria
y en la voz con la que seguimos cantando.
Dama de las Algas
España 5 de julio del 2026
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