Algo tan puro
que el tiempo
no se atrevió a tocarlo.
Se fue sin nosotros.
Desde entonces
envejecemos
alrededor de ese instante,
como las raíces
alrededor de una piedra.
Todo cambió de lugar.
La lluvia. Las casas.
Los nombres que les dimos a las cosas.
Pero aquello
permaneció intacto,
como la nieve
en la cara oculta
de una montaña,
y ajeno
a nuestra lenta costumbre
de partir.
Y te digo:
De tan transparente
no podía durar.
A veces,
cuando te recuerdo,
vuelvo a ese lugar.
Y todo sigue
exactamente igual.
La lluvia.
La casa y los nombres.
Solo faltamos nosotros.