El pulso del reloj es un verdugo
que muerde con su diente despiadado;
camino por el centro, abandonado
al peso del recuerdo y de su yugo.
Morir, vivir no quiero;
Matar para vivir,
Cantarle a la esquiva hermosura,
Siendo de mi propio pecho el carcelero.
Arequipa en la niebla se deshace,
igual que este delirio en que me hundo;
¿por qué vinimos a este sucio mundo
donde la herida junto al pecho nace?
Morir, vivir no quiero;
Matar para vivir, que el tiempo avanza;
Perder en el desierto la esperanza,
Bajo el rigor de un látigo extranjero.
La calle San Francisco está desierta,
testigo de una farsa sin sentido;
el tiempo es un cuartel desvanecido,
la patria es una herida siempre abierta.
Morir, vivir no quiero;
Matar para vivir es el destino,
perderse como un perro en el camino,
andar bajo un paisaje traicionero.
La vida es una herencia que destruye,
un laberinto de asfalto y de olvido;
el cauce del dolor no ha concluido,
mientras la turbia juventud se escurre.
Morir, vivir no quiero;
Matar para vivir en la agonía,
borrar de la memoria la alegría,
ser el verdugo y el fusil primero.