Tú tienes el arte de destruirme sin que parezca una batalla, de derrumbar mis fortalezas con la dulzura de una mirada y de esconder los puñales detrás de una sonrisa. Nunca elegiste la violencia del relámpago; preferiste la paciencia de la lluvia que, gota tras gota, termina desgastando la piedra. Así has hecho conmigo: me has herido tan lentamente que el corazón tardó en descubrir que ya estaba desangrado.
Tienes el arte de destruirme poco a poco, con una precisión que asombra y una sutil elegancia en la manera en que me haces daño. Lo haces con la delicadeza de un artista que conoce cada trazo antes de tocar el lienzo y con una belleza cruel, casi poética, de herirme sin dejar sangre, de condenarme sin pronunciar sentencia y de convertir mi alma en el lienzo favorito de tu más oscura obra de arte.
Quizá por eso tu obra duele más que cualquier abandono. Porque me has enseñado que las tragedias más profundas no nacen de un golpe, sino de una sucesión de heridas tan discretas que el corazón aprende a llamarlas costumbre.