El oscuro

Luna febril

Esta noche la luna parece enferma. Derrama sobre mi balcón una luz pálida, como si también hubiera aprendido a sobrevivir con las heridas abiertas. La ciudad, ajena a mi naufragio, continúa respirando entre el estruendo de motores y vidas que aún encuentran un motivo para seguir despiertas.

Un viento helado atraviesa la ventana sin pedir permiso. No solo acaricia mi piel; atraviesa mis huesos, invade mi pecho y se instala en ese rincón donde la soledad ha construido su reino. La piel se eriza, pero no por el frío. Se eriza porque, una vez más, comprendo que no hay temperatura más cruel que la ausencia.

Y esta noche, tan distinta a todas, confieso una necesidad que siempre condené al silencio: la de un abrazo. No uno cualquiera, sino uno capaz de sostener las ruinas que llevo dentro; unos brazos que no huyan al descubrir que mis sonrisas son apenas el disfraz elegante de un hombre que lleva demasiado tiempo librando guerras que nadie ve.

Quisiera descansar la cabeza sobre un pecho que no me interrogue, que no me exija palabras, que entienda que hay dolores cuyo idioma es el silencio. Que permanezca allí mientras mis demonios golpean la puerta de mi alma, recordándome que nunca se fueron, que solo aprendieron a esperar la llegada de la noche.

Qué inmensa tragedia es descubrir que uno puede acostumbrarse a sobrevivir, pero jamás aprende a dejar de necesitar calor. Porque el verdadero invierno no cae del cielo: nace cuando nadie pronuncia tu nombre con ternura, cuando ningún abrazo reclama tu cansancio, cuando el alma lleva tanto tiempo caminando sola que termina creyendo que fue creada para perderse.

Y aquí estoy… bajo una luna moribunda, escuchando el ruido de un mundo que jamás notará mi silencio. Esperando unos brazos que quizá nunca lleguen, mientras abrazo mis propias sombras para convencerlas de que esta noche tampoco lograrán romperme. Aunque, en el fondo, sé que hay batallas que no se ganan: solo se sobreviven hasta que amanece.