Gabriel Aranda

EL BÚFALO Y LA ANACONDA.

Tarde de canícula.

Sesenta y tres grados

a la sombra polvorienta

de brezos,lentiscos y romeros...

 

Así descansaba,

búfalo apartado

de manadas 

civilizadas...

 

Deseoso de siesta sedienta

y

de líbido perdido,

búfalo que fuiste

y

sentado en trono

que perdiste,

aquí la calma

disfrutabas...

 

Serpenteante movimiento

de sombra lubrificada

por Anaconda,

Reina de infinitos

placeres dados,

acercose 

presta y sigilosa

a atributos pétreos

de animal envejecido...

 

Lepidosauria portaba

en sus intenciones

el placer más grande

que una dama regala

si su fuego se lo 

reclama...

 

¡Arco de Diosa¡

¡Ábrete¡

y

deposita en saliva

sobre la columna dórica

toda la dicha

que atesoras...

 

Granito más duro

se tornó

al sentirse

acariciado

de arriba a abajo,

por aquellos sensuales

labios de Anaconda

sabedora

de sus encantos...

 

Y...Así...

ambos encontraron

el éxtasis

en una tarde de verano...

 

Cincuenta y siete segundos

fueron suficientes

para que

búfalo y anaconda

descubriesen

que en sus acciones

lo más íntimo

es

LO INOLVIDABLE...