ronald tadeo ramirez elizalde

𝐄𝐩𝐨𝐩𝐞𝐲𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐦𝐨𝐫 𝐄𝐭𝐞𝐫𝐧𝐨

𝐂𝐚𝐧𝐭𝐨 𝐅𝐢𝐧𝐚𝐥: 𝐃𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐂𝐨𝐦𝐢𝐞𝐧𝐳𝐚 𝐥𝐚 𝐄𝐭𝐞𝐫𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝

 

Y llegó el día.

 

El día que los siglos habían esperado en silencio.

 

El día que las estrellas anunciaban con su luz desde el principio de los tiempos.

 

El día que la esperanza había custodiado como el más sagrado de los tesoros.

 

Entonces el alba abrió lentamente sus puertas de oro.

 

Los montes levantaron sus cumbres como antiguos guardianes.

 

Los ríos detuvieron por un instante su incesante canto.

 

El viento guardó silencio.

 

Y toda la creación pareció contener el aliento.

 

Porque dos almas, después de una larga peregrinación, estaban a punto de encontrarse.

 

Yo caminé hacia ti.

 

Cada paso llevaba el peso de todos los caminos recorridos.

 

Cada latido reunía la memoria de todas las noches de espera.

 

Cada respiración era un himno de gratitud.

 

Y tú venías hacia mí.

 

Como la lluvia vuelve a la tierra sedienta.

 

Como el río regresa al mar que lo llama.

 

Como la luz vuelve siempre a vencer la oscuridad.

 

Cuando nuestras miradas se encontraron, el tiempo dejó de gobernar.

 

No hubo pasado.

 

No hubo futuro.

 

Solo existió aquel instante inmenso en el que el universo comprendió el motivo de tantos amaneceres.

 

Nuestras manos se unieron.

 

Y en ese gesto sencillo se cumplieron todas las promesas que la esperanza había guardado durante años.

 

Las lágrimas ya no nacían del dolor.

 

Eran la alegría desbordándose.

 

Eran la gratitud hecha agua.

 

Eran el testimonio de que ninguna espera fue inútil cuando el amor permaneció fiel.

 

Entonces el viento volvió a cantar.

 

Los mares levantaron un himno con sus olas.

 

Las aves dibujaron círculos de luz sobre el cielo.

 

Las flores abrieron sus pétalos como si la tierra entera quisiera celebrar aquel encuentro.

 

Y el universo proclamó en silencio:

 

«El amor ha vencido.»

 

No venció con la fuerza de las armas.

 

No venció imponiéndose.

 

Venció porque supo esperar.

 

Porque permaneció cuando todo invitaba a renunciar.

 

Porque eligió la fidelidad antes que el olvido.

 

Porque hizo de la esperanza un camino y de la paciencia una victoria.

 

Comprendimos entonces que el verdadero milagro no era habernos encontrado.

 

El verdadero milagro era no haber dejado nunca de caminar el uno hacia el otro.

 

Y cuando el sol descendió lentamente sobre el horizonte, ya no sentimos miedo de la noche.

 

Porque donde existe un amor verdadero, toda oscuridad termina cediendo su lugar a la luz.

 

Desde aquel día, los amaneceres tuvieron un significado nuevo.

 

Cada aurora era un canto de gratitud.

 

Cada tarde, una promesa renovada.

 

Cada noche, un cielo lleno de estrellas que recordaban el largo viaje que nos condujo hasta ese abrazo.

 

Y si alguna vez alguien preguntara dónde termina esta historia, respondería que se equivoca de pregunta.

 

Porque los grandes amores no terminan.

 

No concluyen con un beso.

 

No se agotan con un abrazo.

 

No se consumen con los años.

 

Los grandes amores se convierten en una luz que sigue ardiendo cuando todo lo demás cambia.

 

Y así caminaremos.

 

No hacia el final.

 

Sino hacia una eternidad donde cada amanecer será el primero, cada abrazo será un nuevo comienzo y cada latido repetirá, con la sencillez de las verdades más profundas:

 

Te elegí.

 

Te elijo.

 

Y te elegiré mientras exista la luz, mientras el tiempo recuerde su nombre y mientras la eternidad siga siendo eternidad.

 

Porque el amor verdadero no tiene un último capítulo.

 

Tiene un principio…

 

y luego, para siempre.