Llegas.
Me enciendes.
Me elevas.
Pero nunca te quedas.
Cruel en tu silencio,
dulce suplicio cuando sonríes.
Hechizas mientras el tiempo
aprende mi nombre en la espera.
Apagaré la luz para que tus ojos no descubran las grietas de mi piel.
Morderás la manzana hasta hacer tuyos los aromas que el deseo no confiesa.
El vino se derrama.
Más adentro.
Allí.
Donde las olas olvidan su orilla y
un pájaro herido abandona
la última infancia del viento.