Te pierdes en la herida de la roca,
esclavo de tu propia arquitectura,
un golpe de cristal en la llanura
que busca el mar y que el invierno invoca.
Nadie te frena el labio cuando toca,
la piedra que destruye tu cordura;
avanza tu caudal, materia pura,
mientras el lodo el nacimiento sofoca.
Vas devorando el tiempo en tu descenso,
un mapa que se escribe entre la arcilla,
hacia el fulgor de la corriente ausente.
Al fin, ante el abismo más inmenso,
te entregas al océano en la orilla:
como una muerte limpia y transparente.
Antonio Portillo Spinola ©