JordiCris

La risa tiene malas costumbres.

 

(Advertencia, no te rías, esto es un poema loco y largo

en dos partes para que te partas, de risa, o te robe una sonrisa)

Entra casi siempre sin llamar
sí es verdadera o inesperada
y se sienta en la mesa del orgullo
despeinada de solemnidad.
 
Hace cosquillas a las preocupaciones
hasta dejarlas secas y sin aliento;
convierte el tropiezo en anécdota
y la lágrima en un guiño del tiempo.
 
La risa no entiende de protocolos.
Es descarada. Se ríe del rey y el mendigo,
del sabelotodo, del payaso que no es clown
y del distraído que busca las gafas
cuando las lleva sobre la nariz puestas.
 
Tiene un talento extraordinario,
es amable, descarada y ruidosa,
abre ventanas donde hay paredes
desatando los nudos del pecho
y abrazando a niños, perros y ancianos
con una simple carcajada.
 
Cuando la vida se pone demasiado seria,
ella aparece cruzada de brazos y dice:
 
—Perdón por la interrupción…
Llegaste llorando como todos,
pero nadie vino al mundo
para marcharse sin haberse reído
hasta dolerle la barriga…
 
La risa tiene malas costumbres. Parte II.
 
Ayer se me escapó una risa.
No fue culpa mía, ¡lo juro!
Por Mafalda o Peter Pan,
abrió la puerta del bolsillo
de la insípida realidad y
saludó a un semáforo en verde
para ponerlo en rojo de sonrojo
y marcharse tras una nube cuadrada.
 
Yo, salí corriendo detrás de ella
y la perseguí hasta el parque,
pero apareció un pato con corbata
y me pidió la documentación
porque, -según dijo-,
 
«Las carcajadas deben correr
en libertad llevando un cascabel que contagie».
 
Si no, usted no puede correr por aquí,
sobre todo, detrás de su risa si no sabe que:
Debe saber reírse primero de sí mismo,
debe saber reírse con o junto a los demás
y nunca, nunca debe reírse de los demás
a no ser que estén en la primera parte
de la parte contratante de estas normas.
 
Mientras discutíamos,
un árbol estornudó hojas verdes,
un caracol adelantó a una liebre
por exceso de paciencia,
y, un reloj decidió que las tres de la tarde
eran demasiado serias para seguir siendo las tres.
 
Al fin encontré mi risa, sentada,
tomando café con un chascarrillo del viento.
—¿Por qué huiste? —le pregunté.
—Porque me aburría de vivir encerrada entre tus dientes.
 
Desde entonces la dejo salir cuando quiere
y, de mes en cuando, vuelve, despeinada, oliendo a limones
y a disparates. Y juro que cada vez que entra en casa,
hasta las sillas se sientan de otra manera
y no puedo evitar que dejen de reírse, conmigo o de mí,
pero no me importa, porque la risa siempre vuelve
y vuelve sin motivo para eso precisamente,
para hacerme reír. Por eso bien la recibo.
Y ahora discúlpenme tengo que marcharme a reírme un rato.
 
Mi poesía
Poema 34
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