La olvidé tantas veces
que terminó aprendiendo de memoria
el camino de mi regreso.
Al principio
era apenas un nombre
demorándose en la voz.
Después
el verde obstinado de unos ojos
que ya habían dejado de ser suyos.
Entonces dejó de regresar.
Y se quedó esa mujer,
que el tiempo fue armando
con los restos
de todas las que perdí,
y que camina descalza
por la orilla del olvido.