José Honorio Martínez Ochoa

Herbario del crepúsculo

Herbario del crepúsculo

 

Ella crece con el rigor de una planta deslumbrada,
como si la luz la hubiera elegido
para aprender su propia respiración.

El crepúsculo culebrea en el horizonte
y la nombra sin nombrarla,
y ella responde con una sonrisa que cae
sobre las rodillas secretas de la vid,
donde el tiempo madura sin ruido.

Crece.
No como ascenso,
sino como expansión de lo invisible.

Eleva su palabra por el sendero de la tarde,
y la tarde la reconoce
como un animal antiguo de la claridad.

Prismática palabra en el paisaje,
orquestado lirio que no termina de abrirse,
celaje de hinojos hallo en sus ojos,
como si la mirada fuera un campo
donde el aire aprende a organizar sus señales.

Hay en ella un juego del aire,
una sintaxis de lo vivo que se desplaza sin esfuerzo.
Señales de una red que atrapa nostalgias
sin destruirlas,
como si el recuerdo pudiera ser habitado
sin volverse peso.

Tacón en el asfalto:
una afirmación mínima del mundo.
Garra:
la persistencia de lo que insiste en existir.
Actitud numerada en la historia:
pero siempre desbordando su cifra.

Noche:
pétalo del cielo, cáliz de la rosa.
Nacimiento azulado de mi corazón
en la intemperie del universo.

Todo gira alrededor de partículas errantes,
como si la materia aún buscara su forma definitiva.

El vino trastorna el azufre entre las aguas,
y el mundo se vuelve mezcla inestable de memoria y fuego.
Cuerpo.
Sangre del clavel.
Soledad de las horas que no encuentran reposo.

Despojo del sol.
Rumor que se ahonda en la devoción del silencio,
como si callar fuera otra forma de caer en lo absoluto.

Serena llegas,
plena en mis venas como un río interior.

Vehemencia encrespada en las manos de la enredadera,
perfume de rosa que muerde los labios del aire,
y en ese mordisco invisible
el mundo aprende a sentir.

En ti nacen los racimos,
frondas, torrentes, expansiones del deseo vegetal del universo.

Naces florida en el camino con estrellas,
como si el cielo hubiera decidido caminar.

Peino tu cabellera:
no como posesión,
sino como ordenamiento del caos luminoso que te rodea.

Depuras el acento del cielo,
revelas el fruto oculto del lenguaje,
y la realidad se vuelve más transparente
en tu espalda reflejada.

Palpitación de olas,
reposo de brisa,
todo en ti es movimiento que descansa sin dejar de ser movimiento.

El viento gira preciso
y te dispersa sin romperte,
como si la existencia supiera cuidar aquello que es demasiado claro.

Y entonces permaneces:
no fija,
sino extendida en la esperanza del conjuro,
patente y admirable,
noche que se abre en derroche submarino
donde el mundo aprende, otra vez,
a decir lo que no puede cerrar.