Yo crecí donde el océano besa la ribera,
bajo el canto de gaviotas y el rumor del vendaval;
desde niño hice del mar mi eterna compañera,
buscando entre sus olas un amor sin igual.
El vaivén de las mareas arrullaba el camarote,
mientras el viento inflaba mis sueños al pasar;
de guardia sobre el puente, con la vista al horizonte,
mi corazón brotaba donde te dejó al zarpar.
La brújula marcaba el rumbo de mi nave,
mas mi pensamiento navegaba hasta tu amor;
los delfines escoltaban mi travesía incansable,
y las estrellas alumbraban mi esperanza y mi fervor.
Cuando el faro aparecía rompiendo la negrura,
el puerto se vestía con destellos de ilusión;
pero también despertaba la más honda amargura,
porque faltaban tus abrazos junto a mi corazón.
Amor de marinero, tan profundo como la mar,
tan inmenso como el cielo que se funde en el azul;
ni las tormentas logran su promesa doblegar,
ni los vientos arrancarle su esperanza ni su luz.
Las olas son testigos de mis noches de desvelo,
la luna es mi confidente cuando todo queda en calma;
las mareas llevan lejos los suspiros de mi pecho,
pero jamás consiguen arrancarte de mi alma.
Por eso digo, señores, que el amor de marinero
es tan fiel como la brújula buscando el norte eterno;
podrá alejarlo la marea, el temporal o el aguacero,
pero siempre vuelve al puerto donde lo espera su cielo.