Diez años han caído como hojas de metal sobre tu ausencia,
diez años de inviernos largos y trenes que se van sin destino,
y, sin embargo, mujer, sigues clavada en mi territorio,
como una raíz de fuego que la tierra no puede contener.
Tú decidiste el silencio, la orilla de los adioses,
levantaste un muro de arena entre mis manos y tus ojos.
Pero mi amor es un río oscuro que no sabe de diques,
un animal de ceniza y oro que te sigue buscando en el viento.
Sigues siendo la única, la central, la dueña de mis mareas,
el pan de mi boca y la lámpara de mis noches errantes.
Te amaré con el cuerpo gastado y con las venas ardiendo,
más allá del olvido, más allá de la última lluvia que me cubra.
Porque yo sé que la materia y el tiempo nos tienen miedo,
sé que el universo es un círculo ciego que vuelve a juntar lo perdido.
Nos volveremos a mirar, te lo prometo desde mi sombra.
Será en esta calle de adoquines húmedos, o en la otra vida,
donde la luz de los astros viejos se vuelve a encender.
Y allí, cuando mis brazos rodeen tu cintura de espiga y relámpago,
detendré los relojes, las estaciones y también a la muerte.
No te dejaré ir. Anudaré mi destino a tus pies errantes,
y lo que el tiempo ingrato rompió en su caída,
lo salvaremos juntos, para siempre, bajo un cielo infinito.