ronald tadeo ramirez elizalde

𝐄𝐩𝐨𝐩𝐞𝐲𝐚 𝐝𝐞 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐞𝐭𝐞𝐫𝐧𝐨

𝐂𝐚𝐧𝐭𝐨 𝐈𝐈: 𝐋𝐚 𝐋𝐥𝐚𝐦𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐍𝐨 𝐬𝐞 𝐂𝐨𝐧𝐬𝐮𝐦𝐞

 

Y la eternidad dijo al tiempo:

 

«No podrás vencer aquello que ha sido encendido por el amor.»

 

Entonces comenzaron los siglos su interminable marcha.

 

Las estaciones cambiaron sus vestiduras.

 

Los bosques perdieron sus hojas y volvieron a cubrirse de verde.

 

Los mares levantaron imperios de espuma y luego los deshicieron en la arena.

 

Las estrellas nacieron, brillaron y desaparecieron en el inmenso océano del cielo.

 

Pero hubo una llama que permaneció encendida.

 

Era pequeña a los ojos del mundo.

 

Invisible para quienes solo creen en aquello que pueden tocar.

 

Sin embargo, ardía con una fuerza capaz de atravesar la noche.

 

Era la llama de mi amor por ti.

 

Muchas veces el desaliento quiso apagarla.

 

Llegó vestido de distancia.

 

Llegó disfrazado de silencio.

 

Llegó con el rostro de la duda y con las manos llenas de espera.

 

Pero cada vez que extendía su sombra sobre mi corazón, tu recuerdo se levantaba como el amanecer sobre las montañas.

 

Entonces comprendía que el verdadero amor no necesita la cercanía para existir.

 

Porque vive primero en el alma y después en las manos.

 

Habita primero en la esperanza y después en el abrazo.

 

Nace primero en el silencio y después en las palabras.

 

Amada mía:

 

Si alguna noche levantas los ojos y encuentras una estrella brillando con más fuerza que las demás, piensa en mí.

 

No porque yo habite entre los astros.

 

Sino porque mi corazón, aun desde lejos, busca la manera de iluminar tu camino.

 

Y si alguna lágrima humedece tus mejillas, no la escondas.

 

También la lluvia parece tristeza cuando cae, y sin embargo es ella quien despierta la vida dormida bajo la tierra.

 

Así también nuestras esperas alimentan un amor que florecerá con mayor belleza cuando llegue la hora señalada.

 

Porque llegará.

 

Lo anuncian los ríos con su marcha incansable.

 

Lo proclaman las aves cuando regresan después del invierno.

 

Lo susurran los árboles cuando vuelven a cubrirse de hojas.

 

Todo cuanto existe conoce el camino del regreso.

 

También nosotros.

 

Y cuando ese día amanezca, no celebraremos solamente el final de la distancia.

 

Celebraremos la victoria de la esperanza.

 

La fidelidad que no cedió al cansancio.

 

La promesa que permaneció intacta mientras el mundo cambiaba.

 

Entonces nuestros corazones comprenderán que ninguna oración fue olvidada, ninguna lágrima cayó en vano y ningún acto de amor se perdió en el vacío.

 

Porque el amor verdadero nunca desaparece.

 

Se purifica.

 

Se fortalece.

 

Se eleva.

 

Hasta convertirse en una llama tan limpia que ni el viento del tiempo puede extinguir.

 

Y esa llama, amada mía, será nuestro hogar.

 

Arderá sin consumirnos.

 

Iluminará sin cegarnos.

 

Nos reunirá sin cadenas.

 

Y su resplandor atravesará las edades como un faro eterno, recordando a toda la creación que el amor más puro no pertenece solo a los hombres: pertenece al misterio de la esperanza, donde el tiempo se inclina y la eternidad comienza.