Es una llanura desarmada ante el tiempo,
un mapa que se escribe a golpes de luz y de sombra,
sin derecho a la enmienda.
Al principio es la página en blanco:
un pacto terso, una línea continua
que ignora el peso del aire.
Pero el verano exige su tributo de sol,
y el frío va cavando, despacio,
sus hilos invisibles en las esquinas de los ojos.
Cada cicatriz es un nudo de carne
donde el dolor se hizo piedra.
La piel guarda el rastro del asombro
en los poros abiertos que buscaron el aire,
y la marca exacta de la pérdida
en la marea baja de su elasticidad.
No hay tregua en el tacto.
Los años no la desgastan: la despojan.
La van volviendo un pergamino transparente,
donde las venas dibujan los ríos internos,
la raíz que se resiste a la tierra.
Al final,
cuando el tiempo pasa el cuchillo por el rostro,
queda la belleza bofetada y viva
de quien se dejó habitar por los días.
Antonio Portillo Spinola ©