Franjablanca

Venga, va.

Incómodos silencios iniciales,

paréntesis sin nada en su interior,

heridas que dejaron dos señales

sanadas al albur del desamor.

 

De nuevo frente a frente como antaño,

la mesa del rincón del mismo bar,

todo parece igual tras estos años.

¿Te pido lo de siempre? Venga, va...

 

Nunca me fingió un te quiero

haciendo alarde de encomio,

pero un siete de febrero

me dijo se me hace tarde.

Y redujo el polinomio

de sus palabras a cero:

\"Mi corazón ya lo arde\".

Y recogió su sombrero,

su neceser y un billete

del avión al que subió.

A mí solo me dejó,

sangrando de desengaño,

el corazón con un siete

del segundo mes del año

y un adiós de crucigrama

en vertical, cinco letras,

que resolví la mañana

que ya no vi sus maletas.

 

Y no me hizo partícipe

en su búsqueda del príncipe

azul que la conquistara

para el resto de su vida

y la llevase hasta el ara

de pulcro blanco vestida

en acto ceremonial

que la novia desfilara

bajo la marcha nupcial.

 

Me pidió el certificado

de los pasos ambulantes

que se olvidan del pasado

compartido por amantes

que se quisieron un día.

Su petición añadía

la iniquidad de los fieles

que no le tocan las palmas

ni le firman los papeles

al detector de las almas

desnudas entre sus pieles.

 

Me refugié en los rincones

de los bares más lejanos

donde hay dos estaciones:

los inviernos y veranos.

Y anduve de bote en bote

llevado por la marea

como si fuera un Quijote

buscando a su Dulcinea.

 

Ayer me quedé perplejo:

nos cruzamos frente a frente

y, como un acto reflejo,

nos miramos fijamente.

Recorrimos las glorietas

sin ningún destino cierto.

 

No hay misterio en estas letras

para el lector más experto;

los verdaderos poetas

le llaman final abierto...