Luis Barreda Morán

Antes de que naciera la eternidad

Antes de que naciera la eternidad

Antes de que existiera el tiempo,
cuando el universo aún dormía
en el pensamiento de Dios,
quizá nuestras almas
ya se buscaban
en el silencio donde nacen
las promesas eternas.

Tal vez por eso,
cuando mis ojos encontraron los tuyos,
no hubo sorpresa.

Solo el antiguo reconocimiento
de quien regresa a casa
después de haber recorrido
todos los caminos del infinito.

Voy a amarte
con la vida que respiro
y con la que todavía no me pertenece.

Con la luz de este mundo
y con aquella
que ningún amanecer conoce.

Voy a amarte
hasta que el tiempo
olvide contar los siglos.

Y si dos vidas
resultan apenas un instante,
tomaré tu alma
entre las manos invisibles del amor,
y la abrazaré a la mía
con un lazo
que ni la muerte
ni el olvido
ni la oscuridad
podrán desatar.

Entonces caminaremos
más allá de las estrellas.

Donde el espacio
ya no tenga fronteras.

Donde el silencio
cante con la voz de los ángeles.

Donde cada galaxia
sea apenas una chispa
en el inmenso océano
de la eternidad.

Allí construiremos
nuestro hogar.

No con piedra.

No con madera.

Sino con cada mirada,
cada lágrima compartida,
cada esperanza salvada,
cada beso
que convirtió el miedo
en un acto de fe.

Y Dios,
que conoce el lenguaje
con el que hablan las almas,
sonreirá al vernos llegar,
porque comprenderá
que nuestro amor
jamás intentó desafiarlo;

solo quiso parecerse
a la infinitud
que brota de Su corazón.

Cuando los soles
apaguen su último resplandor
y el universo repose,
cuando el tiempo
entregue su último segundo
a las manos del silencio,
yo seguiré pronunciando tu nombre.

Porque tu nombre
ya no será una palabra.

Será mi eternidad.

Y si Dios,
con infinita ternura,
me concediera un único deseo,
no pediría riqueza,
ni gloria,
ni siquiera otra vida.

Pediría volver a encontrarte.

Volver a mirarte
como quien contempla
el primer amanecer de la creación.

Volver a tomar tu mano
con la misma emoción
con la que un río
encuentra el mar.

Y comenzar de nuevo.

Amarte otra vez.

Con la paciencia de los árboles,
con la inmensidad de los océanos,
con el fuego de las estrellas
y con la humildad
de quien sabe
que el amor verdadero
es la forma más hermosa
que Dios inventó
para que la eternidad
pudiera ser habitada.

Porque si algún día
la eternidad llegara a tener un límite,

mi amor por ti
sería el primero
en cruzarlo.

Y cuando ya no existan
ni calendarios,
ni siglos,
ni universos,
ni palabras,

quedará únicamente
el latido indivisible
de dos almas
fundidas para siempre
en el infinito Amor.

Y entonces comprenderemos
que nunca fueron dos vidas.

Siempre fue una sola eternidad,
escrita por Dios
con nuestros dos nombres.

—Luis Barreda/LAB