Roca de luz
En la orilla del mar reluce el cuerpo que enciende la ola,
como si el agua reconociera su propio origen en la piel.
Más allá del follaje del insomnio
los ojos escudriñan la materia invisible del mundo,
esa zona donde mirar es ya una forma de caer.
Te contemplo ligera en la palma de mi sueño,
sin peso, sin resistencia,
como si el sueño supiera sostener lo imposible
sin romperlo.
Hay una barca que avanza
con la desnudez de la centella,
cortando el espesor del aire
como si la luz tuviera dirección secreta.
Me anego en las entrañas de una mirada infinita,
no como quien se pierde,
sino como quien reconoce su pertenencia.
Dejo que tus palabras se escriban en la roca,
y la roca, por primera vez,
acepta el temblor del lenguaje.
A estas horas
los peces se sacuden el recuerdo,
como si el mar también soñara con olvidar.
En el incendio de la selva
la noche respira con una intensidad vegetal,
y tu sonrisa lava sus constelaciones verdes
en una claridad que no necesita testigos.
Me incorporo con las hojas donde te acaricio.
Llevo una cesta de mangos,
y cada fruto parece una estrella contenida,
una luz domesticada por la gravedad del verano.
Las manos brotan de una cicatriz del árbol
como si el lenguaje naciera de la herida de la materia,
como si todo lo vivo
fuera una astilla de palabra insistiendo en existir.
Madura el relámpago en la palabra,
y cuelga sobre los brazos
como una serpentina de luz inestable.
Mi silencio brilla en la frente del río
que se curva sobre sí mismo
y se constela en otoño.
Todo se unta de significado,
como ungüento sobre la herida del mundo.
En la palma del insomnio
los fragmentos de la desnudez
no son restos:
son polvo, luz, pensamiento en estado de tránsito,
materia que aún no decide su forma.
Y todo brilla en la roca.
La revelación de la noche tiñe el cuerpo
como si la luz se enamorara del secreto
antes de nombrarlo.
Las noticias del mundo atraviesan imágenes rotas,
se dispersan en los diarios
como fragmentos de una verdad que no termina de cerrarse.
¿De qué sirven los ojos
si no aprenden a imaginar lo invisible?
El día es lluvioso,
y aun así se anuncian sonrisas en la materia del aire.
La tarde se extiende horizontal,
como un pensamiento que no encuentra límite.
Se tejen silbidos en la distancia.
Hay una belleza articulada,
no perfecta,
sino en construcción constante.
Los gestos bailan con una precisión frágil,
y la muchacha atraviesa el mundo
como una breve perturbación luminosa
en la densidad del día.
La revelación del día
no es claridad absoluta:
es vuelo en la lluvia,
una forma de luz que aprende a caer sin desaparecer.
El rocío es transparente sobre la hierba del corazón,
como si la madrugada dejara huellas mínimas
en lo más íntimo del cuerpo.
Preserva la inquietud
y se disuelve con el sol de la mañana,
sin perder su memoria de humedad.
El rocío es pródigo,
dulce en los labios donde el aire descansa,
donde las hojas aprenden a respirar sin ruido.
Espero la paz
como quien espera un silencio que no niega,
sino que revela.
Un recuerdo tornasolado del corazón
se inclina sobre la materia del día,
y las raíces se colocan
entre la mirada trémula del mundo,
como si la tierra pensara con nosotros.
Que anide el sol donde murmuren nuestros huesos.
Que la marea dibuje rutas en la forma del deseo.
Que la sed del aire
sea también la sed del amor,
y en esa coincidencia
el mundo encuentre su única certeza:
la de seguir respirando en lo que arde.