Te conocí sobre circuitos y luces,
en sus cruces nos perdimos, entre el deseo y el vacío.
Pasó el tiempo, un tiempo de silencios,
hasta que el dolor dictó: hazle el amor a sus ojos y oídos.
Te mezclaste con la vida de mi tinta,
y la música que te envié, convertida en el trazo de mis plumas,
fue el esperma que fecundó los óvulos de tu mente.
Así gestamos la vida que el destino nos negó.
Me regalaste parte de tu vida para que yo la transmutara.
Así nacieron nuestros hijos, frágiles y mudos;
portan piel de papel y tienen grabado,
como una cicatriz, todo lo que no quisiste ver.
Te dirán siempre que te aman; son la sangre de lo que fuimos,
siguen vivos porque los alimentamos al leer su cuerpo,
porque nos negamos a que el olvido los devore.
Pero yo desaparezco,
me agoto borde a borde.
Sostengo la energía con lo último que queda de pulso,
pero llegará un momento en que será tarde:
esta memoria ya no tiene impulso.
Nuestros hijos me visitan a todas horas;
son la poesía que hicimos a fuego,
en mañanas, tardes y noches sordas.
Si desaparezco, te lo suplico:
cuídalos con el amor que aquí, en la distancia, inventamos,
aunque sea un amor que nunca, jamás, podrá tocarnos.
-Juan Diego Kammler