(Al pueblo venezolano en su dolor)
No preguntes quiénes son.
No le pidas nombres a un hombre que llega abrazando el peso completo del mundo.
No le preguntes si los conoce.
Mira sus brazos.
Todavía tienen la forma de haber querido proteger lo que ya no respira.
Mira sus pasos. No camina.
Se va rompiendo con cada centímetro que lo acerca a la puerta de la morgue.
Dos cuerpecitos.
Dos silencios.
Dos universos que hace apenas unas horas corrían detrás de una pelota, reían por cualquier cosa, creían que el mañana era una promesa y no una ruina.
Alguien, cumpliendo apenas con su trabajo, levanta la vista y hace la pregunta más inocente, la más necesaria, la más cruel.
-¿Quiénes son?
Entonces sucede.
El tiempo deja de existir.
Las paredes olvidan sostenerse.
Hasta Dios, si estaba mirando, tuvo que bajar la cabeza.
El hombre cae de rodillas.
No porque ya no tenga fuerzas.
Sino porque hay dolores que ningún ser humano puede sostener de pie.
Y con la voz hecha de escombros, con la garganta llena de polvo, con el corazón despedazándose en cada palabra, levanta los ojos al cielo como quien reclama lo irremediable.
-¡Son mis hijos!
Y en ese grito se derrumbaron otra vez todas las casas.
Todos los edificios.
Todas las montañas.
Porque hay terremotos que parten la tierra. Y hay otros que parten para siempre el pecho de un padre.
Desde aquel instante la muerte ya no tuvo rostro.
Tuvo dos cuerpos pequeños. Y un hombre de rodillas que seguía llamándose padre aunque ya no hubiera dos voces diminutas para responderle:
-Papá.
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Rafael Blanco López
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