ronald tadeo ramirez elizalde

𝐄𝐩𝐨𝐩𝐞𝐲𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐚𝐦𝐨𝐫 𝐞𝐭𝐞𝐫𝐧𝐨

𝐂𝐚𝐧𝐭𝐨 𝐈 : 𝐄𝐥 𝐣𝐮𝐫𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐫𝐞𝐥𝐥𝐚𝐬 

Y sucedió que, cuando el universo aún aprendía el idioma de la luz, el Creador sembró entre las estrellas un secreto que ningún siglo podría borrar.

 

No lo escribió sobre piedra, porque la piedra se desgasta.

 

No lo escribió sobre el agua, porque el agua continúa su camino.

 

Lo escribió en el lugar donde nacen las almas y donde el tiempo no tiene dominio.

 

Allí fue pronunciado tu nombre.

 

Y junto a tu nombre fue pronunciado el mío.

 

Desde entonces, aunque mis ojos no te conocían y mis manos jamás habían rozado las tuyas, algo en mi corazón caminaba buscándote.

 

Los años pasaban como ríos que descienden hacia el mar.

 

Los inviernos cubrían los campos.

 

Las primaveras despertaban nuevamente las flores.

 

Los imperios nacían y desaparecían.

 

Pero aquella promesa permanecía intacta, como una llama que ninguna tormenta podía apagar.

 

Muchas veces pregunté al viento por ti.

 

Él respondió con el perfume de jardines invisibles.

 

Pregunté al océano.

 

Él respondió con la paciencia de las mareas.

 

Pregunté a las estrellas.

 

Ellas guardaron silencio, porque conocían el día señalado y no quisieron adelantar el misterio.

 

Entonces comprendí que hay respuestas que solo llegan cuando el corazón ha aprendido a esperar.

 

Y seguí caminando.

 

No porque conociera el camino.

 

Sino porque el amor conoce rutas que la razón jamás comprenderá.

 

Después llegaste tú.

 

No como llega una casualidad.

 

Llegaste como llega el amanecer después de la noche más larga.

 

Como llega la lluvia a la tierra que nunca dejó de esperarla.

 

Como llega la paz al corazón del peregrino que, tras una vida entera de caminos, descubre por fin el lugar al que siempre perteneció.

 

Y al mirarte comprendí que toda mi historia había sido un prólogo.

 

Que cada alegría había anunciado tu sonrisa.

 

Que cada herida había preparado mi corazón para amarte con mayor ternura.

 

Que cada espera había ensanchado mi alma para que pudiera recibir la inmensidad de este amor.

 

Por eso ya no temo al tiempo.

 

Que pasen los años.

 

Que envejezcan las montañas.

 

Que los mares cambien de orilla.

 

Que las estrellas consuman su fuego.

 

Mientras exista un solo latido en mi pecho, seguirá pronunciando tu nombre con la misma devoción con la que la aurora saluda al sol.

 

Y si algún día el universo entero callara, si el viento dejara de cantar y los cielos apagaran su último lucero, mi amor seguiría vivo.

 

Porque no nació de la tierra.

 

Nació de aquello que no conoce principio ni final.

 

Y así como las estrellas permanecen sobre los siglos, aunque los hombres cambien, así permanecerá mi amor por ti: sereno en la tormenta, firme en la espera, humilde en la alegría y eterno en su promesa.

 

Porque antes de que existieran los caminos, ya caminaba hacia ti.

 

Y cuando el último día entregue su luz a la eternidad, seguiré caminando... no para buscarte, sino para permanecer a tu lado por los siglos de los siglos.

Amén.