El laberinto de la flor no busca el ojo.
Espera el peso,
la herida exacta de la aguja de oro.
Entra la abeja en el cáliz.
No hay tregua en el hambre:
un pacto de polvo y saliva.
Al final,
ni el pétalo retiene su tesoro
ni el ala se lleva la raíz.
Queda el fruto engendrado en el saqueo:
la única forma limpia
de sobrevivir al verano.