Hay un susurro antiguo que el alma guardaba,
Un eco de olvido, un sueño en letargo.
Pero hoy se levanta, la noche se acaba,
Y un nuevo sentir se desata, amargo
De penas pasadas, más dulce al nacer.
El alma se estira, descorre la bruma,
Sus alas de luz rompen el velo gris.
Ya no teme al vuelo, ni a la noche que abruma,
Pues lleva consigo su propia matriz,
La fuerza que impulsa su eterno querer.
En cada latido, una nota resuena,
Una melodía de paz y verdad.
Las viejas heridas, que el tiempo sereno,
Se vuelven lecciones de inmensa bondad,
Que enseñan a amar, a saber, comprender.
Los miedos se encogen, cual sombras al alba,
Y la fe se renueva, un sol interior.
El alma se expande, se siente más salva,
Descubriendo en sí misma un eterno fulgor,
La esencia vibrante que la hace crecer.
Es un despertar suave, una dulce certeza,
De que somos más que el dolor o el pesar.
Somos luz que perdura, profunda belleza,
Un universo entero dispuesto a brillar,
Un canto que el cosmos anhela acoger.
El alma despierta, vibrante y serena,
Abierta a la vida, dispuesta a danzar.
Encontrando en sí misma la paz que la llena,
Y en cada presente, su eterno lugar,
Un poema vivo, que vuelve a nacer.