Soy un alma libre
que quiere volar más allá
del espacio que sobrepasan mis ojos.
Soy un alma libre ansiando desafiar
límites que tiendan al infinito,
derivando por partes lo vivido,
despejando los sueños en ecuaciones simples,
simplemente viviendo con lo que me define,
con el pan necesario, con un beso furtivo
que cumpla el objetivo de matarme.
Me gusta atravesar silente los cristales oscuros
que sombrean las noches de los secos inviernos,
me gustan las pupilas dilatadas de pronto
en unos ojos cerrados de repente,
la magia de unos labios entreabiertos,
la lengua que expresa la ternura de amarnos
más allá de los dogmas y los estereotipos.
Soy un alma libre, atada a lo que hicieron de ella,
pero libre para continuar o morir,
inventando mis sueños,
sin miedo a las palabras perfumadas,
lejos de la hediondez de sucias apariencias
que encadenan a voluntarios tristes
que observan menos que un ciego
y sueñan con ser amos mientras aman sus grilletes.
Soy la palabra que no inventé nunca,
el lenguaje que un día me heredaron,
una vida que precedió a su esencia,
caminando sin máscaras a su propio destino,
diseñado en los andenes solitarios,
en los destierros voluntarios del silencio
donde alimenté a mi otro yo
que a veces me observa desde adentro,
de las cosas condenadas al olvido
desde la soledad que amo,
desde lo que no vuelve
y que muy dentro de mí,
como una nota marginal de mi existencia
en la nostalgia callejera del recuerdo,
anhela con volver a lo vivido,
marcando el eterno retorno de la vida.