Bailé con la Muerte en khora profunda,
bajo un violín de escarcha sideral;
la noche olía a luz que se fecunda,
y el mármol respiraba vendaval.
Bebí del gris que ardía en su cratera,
néctar de un ónfalo sin porvenir;
tocó mi piel la música de cera,
y oí la nieve azul latir, morir.
Marcó Ómicron brújula de abismo,
sobre un cristal de párpados de sal;
mi sangre deshojó de su heleno istmo,
sembrando auroras dentro del puñal.
Vi a Ananké bordando en mis costillas
la vid secreta del eterno ayer;
sabían a zafiro sus semillas,
y olía el tiempo antiguo a renacer.
Entonces comprendí que aquella danza
no era la siega fría del final;
era el laurel que cruza la mudanza,
para vestir de trigo lo inmortal.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026