¿Qué más podría decirte?
Si mi primera forma presustancial
estuvo suspendida en el aire,
hasta que como siembra,
precipité en las venas abiertas de la tierra.
Sobre mí pasaron las hojas, el tiempo
y el trémulo ensayo de las raíces amargas.
Sobre mí pastaron las aguas profundas,
caminaron los ciervos
y se arrastraron revoltijos de víboras enfurecidas.
Fui, al fin,
tomado del bendito suelo por gracia divina:
greda húmeda entre los dedos doloridos de Dios.
Él me dio su hálito y yo te entregué a ti, mujer, mi aroma terroso.
Antes de mí no había semejanza alguna.
Por eso nací desde abajo:
fui huella antes que pies, espina antes que carne e instinto antes que razón.
Desde los pies a la cabeza fui formado.
En cambio tú, purísima,
eres perfecta.
Fuiste tomada de la carne y hecha luz.
En torno a ti giran las plumas alegres del día
y la mudez de la noche en tu regazo se adormece.
Por eso naciste desde arriba:
fuiste alas antes que sueños, corazón antes que cuerpo y siempre tienes razón.
Desde la cabeza a los pies fuiste formada.
Como verás, tengo para ofrecerte rasgos arbóreos, animalescos y, finalmente,
esta piel que habito,
de hombre.