¿Qué más podría decirte?
Si mi primera forma presustancial
estuvo suspendida en el aire,
hasta que como sal y siembra,
precipité en las venas abiertas de la tierra.
Sobre mí pasaron los días, las hojas,
y el trémulo ensayo de las raíces.
Sobre mí pastaron las aguas, caminaron los ciervos
y se arrastraron revoltijos de áspides enmudecidas.
Fui, al fin, tomado del bendito suelo por gracia divina:
greda húmeda entre los dedos doloridos de Dios,
exhaustos, tras haber fecundado los ríos y los nardos.
Él me dio su hálito y yo te entregué a ti, mujer, mi aroma terroso.
Antes de mí no había semejanza alguna.
Por eso nací desde abajo:
fui huella antes que pies, espina antes que carne, e instinto antes que razón.
Desde los pies a la cabeza fui formado.
Así ves y me entiendes:
tengo rasgos arbóreos, animalescos y, finalmente,
soy esta piel que habito,
de hombre.