Llegó un nuevo día.
El cielo volvió a vestirse de azul y el sol derramó su luz sobre el mundo. Afuera todo parece tener sentido; la gente sonríe, hace planes, corre detrás de sus sueños como si la vida fuera un regalo que aún merece ser abierto.
Y luego estoy yo…
Despertando una vez más, no porque quiera vivir, sino porque la noche volvió a perder la batalla contra el amanecer.
Cada día sueño con un milagro tan pequeño que para cualquiera parecería insignificante. Sueño con que alguien se detenga frente a mí, me mire sin prisa y me pregunte:
—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?
Y yo, fiel al personaje que llevo interpretando demasiado tiempo, respondería:
—Nada… estoy bien.
Pero en mi sueño esa persona no se conforma con la mentira.
Me sostiene la mirada, atraviesa la máscara que tanto me costó construir y, con una ternura que ya no recordaba que existía, me dice:
—No… tu sonrisa no sabe mentir. Tus ojos llevan demasiado tiempo pidiendo ayuda en silencio. No tienes que explicarme nada. Ven… por ahora solo déjame regalarte un abrazo, para que recuerdes que todavía existe un lugar donde el dolor puede descansar.
Y entonces me derrumbaría.
Porque hay abrazos que llegan demasiado tarde y, aun así, siguen siendo el único hogar que un alma rota ha conocido.
Nadie imagina que detrás de mi risa vive un cementerio. Que debajo de cada palabra amable descansan sueños que murieron antes de nacer. Que llevo tanto tiempo fingiendo estar bien que ya olvidé cuál era mi verdadero rostro.
Por dentro no hay primavera.
Solo ruinas.
Solo cenizas.
Solo el eco interminable de una guerra que nadie escucha.
Hay noches en las que siento que camino descalzo entre las brasas del infierno, mientras sombras sin nombre susurran una condena que aprendí de memoria. Me llaman inútil. Me dicen que jamás seré suficiente. Que el mundo seguiría girando exactamente igual si mañana dejara de existir.
Y lo más cruel…
…es que algunas veces esas voces suenan con mi propia voz.
No anhelo la muerte por odio a la vida.
La anhelo, a veces, por el insoportable deseo de que el dolor haga silencio por primera vez.
Porque estoy cansado.
Cansado de fingir que el sol también calienta mi alma.
Cansado de sonreír para que nadie sospeche que por dentro llevo años derrumbándome.
Cansado de sobrevivir cuando lo único que realmente deseo es descansar.
Si algún día dejo de sonreír, no será porque la tristeza haya vencido ese día.
Será porque llevaba demasiado tiempo ganando en silencio.
Y quizás, en algún rincón del universo, exista alguien capaz de mirar mis ruinas sin miedo, de abrazar mis silencios sin hacer preguntas y de demostrarme que incluso las almas más oscuras aún pueden encontrar un poco de luz.
Porque, aunque mi corazón haya olvidado cómo se siente la esperanza…
…todavía hay una parte de mí que, en el más profundo de los silencios, sigue soñando con ese abrazo que nunca llegó.