Hoy volví a bajar a lo más profundo de mí.
Acostumbrado a encontrar desorden, ruido y oscuridad, esta vez abrí la puerta y no vi nada. Y en lugar de ese millar de voces que, superpuestas, no eran más que ruido, solamente escuché: “vas a estar bien”.
Inmediatamente cerré la puerta. No necesité más que eso para volver, con una sonrisa en el rostro y un nudo en la garganta. Como esa madre que ve a su hijo volver de la guerra, porque realmente no sabía si alguna vez me iba a volver a ver.
Hacía ya un tiempo que no bajaba. Quizás porque allá fue donde más estuve el último tiempo, y siempre fui alguien que se aburre rápido.
Entonces entendí que quizás ya no sea necesario bajar tan seguido, pero que, a la vez, quizás tampoco sea tan malo. Al final, ¿cuánto tiempo le dedicamos al resto de la gente? Incluso a gente que no nos valora, ni se valora.
Qué equivocados estamos si no nos escuchamos a nosotros mismos, sabiendo que somos quienes estaremos ahí, incondicionalmente.
Sucun