Nuestra niñez se va desvaneciendo,
como fotos viejas, al sol de verano.
Recuerdos que escapan, sin pedir permiso,
dejando su huella en lo más profundo.
Estaban los cumpleaños, las fiestas,
la risa fácil, sin reloj ni apuro.
Despertar temprano, por las mañanas,
para ver en la tele, nuestros dibujos favoritos.
Salidas a la playa, en familia,
los pies marcados, en la arena.
Jugar a la pelota, después de la escuela,
hasta que el cielo, se ponía naranja.
Esos retos, de nuestros padres,
que sin darnos cuenta, eran enseñanzas.
Nos estaban preparando, en silencio,
para el día de mañana.
Todas esas cosas, eran maravilla,
pequeños momentos, de un tiempo fiel.
Hoy, solo quedan, en la memoria,
como un susurro, que no se va de él.
Porque esa, fue la mejor parte,
la vida sin peso, sin temor.
Cuando el único drama del día,
era que no se terminara, el recreo.