La rosa y el instante
Las cosas más bellas de la tierra
no fueron hechas para permanecer.
Nacen
como la primera luz sobre la montaña,
como el rocío
que el sol recoge sin pedir permiso,
como la risa de un niño
que el viento lleva lejos.
La rosa lo sabe.
No lucha contra el otoño,
no discute con el tiempo,
no suplica un día más.
Abre lentamente sus pétalos
como quien entrega un secreto al mundo,
y en ese breve gesto
alcanza una perfección
que ninguna piedra esculpida conoce.
La flor de mármol
desafía los siglos,
pero jamás respiró la mañana,
jamás sintió la lluvia,
ni el peso de una abeja,
ni el estremecimiento de la brisa.
La rosa, en cambio,
vive apenas un suspiro,
y porque sabe que el final la espera,
perfuma con mayor generosidad el aire.
Toda belleza verdadera
es una llama
que no pretende durar,
sino iluminar.
También nosotros
somos flores abiertas
en el jardín del tiempo.
Nuestros abrazos,
nuestras palabras,
los ojos que un día nos miran con amor,
todo florece
para luego convertirse en memoria.
Quizá por eso
cada instante posee un valor infinito.
No porque sea eterno,
sino porque nunca volverá.
La rosa cae,
sus pétalos regresan a la tierra,
y, sin embargo,
nadie puede decir
que su vida fue pequeña.
Hay existencias
que duran siglos
y no dejan perfume.
Hay otras,
breves como el amanecer,
que bastan para embellecer el mundo.
Porque lo más hermoso
no siempre es lo que permanece,
sino aquello
que, al desaparecer,
nos enseña
que el milagro de vivir
consiste en florecer,
aunque solo sea
por un instante.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Diciembre, 2022.