Elizabeth Maldonado Manzanero

Pecado

No hubo puerta

que encerrara el temor,

que hiciera claudicar

siquiera el pensamiento.

 

Me vi cediendo,

como si el cuerpo

tuviese voluntad propia.

 

Sus ojos, como dos golpes lentos,

desordenaron mis pensamientos

y acortaron nuestra distancia.

 

No recordé mi nombre,

fui piel, un territorio ajeno:

un mar de sensaciones,

un terremoto de estremecimientos,

un vendaval

de ensoñaciones y bramidos…

 

Nada cesó,

hasta dejarme

con el cuerpo henchido

y el pensamiento mortificado

de haber experimentado

la brutal condena

de un amor compartido.