No hubo puerta
que encerrara el temor,
que hiciera claudicar
siquiera el pensamiento.
Me vi cediendo,
como si el cuerpo
tuviese voluntad propia.
Sus ojos, como dos golpes lentos,
desordenaron mis pensamientos
y acortaron nuestra distancia.
No recordé mi nombre,
fui piel, un territorio ajeno:
un mar de sensaciones,
un terremoto de estremecimientos,
un vendaval
de ensoñaciones y bramidos…
Nada cesó,
hasta dejarme
con el cuerpo henchido
y el pensamiento mortificado
de haber experimentado
la brutal condena
de un amor compartido.