En la cumbre de Valparaiso
había solo golpes y frío,
¿para qué me trajeron los vientos
a este mundo tan gris y vacío?
Pero yo era una niña de luz,
alegre, tenaz, habladora,
que abrazada a su perro en el bolso
desafiaba la sombra y la hora.
Un día de frío y de hambre,
con el vientre vacío de días,
encontré la dulzura hecha tarro:
unos duraznos que eran alegrías.
Con mis manos pequeñas y débiles
el metal logré por fin romper,
pero el miedo habitaba en mi boca
y mi cuerpo no pudo comer.
Llegó la gran noche de fiesta
y notaron el tarro faltante.
\"¡Fui yo, es que tenía hambre!\",
confesé con la voz por delante.
Me arrojaron sin pena a la calle,
la condena fue fría y escasa:
\"Si no traes de vuelta el durazno,
no pongas un pie en esta casa\".
Bajé descalza hasta el plan,
donde el pueblo sus luces prendía;
caminé entre las sombras por horas
mientras toda la gente cenaba.
Al volver, el silencio era oscuro,
yo lloraba mi cruel desventura,
cuando un alma en la noche piadosa
se dolió de mi triste figura.
En la tienda pequeña del barrio
me compró aquella dulce ilusión,
y regresé con el tarro en las manos
a esa casa que no es corazón.
Me ofrecieron probar de la mesa,
pero el alma les dijo que no;
no era orgullo ni rabia soberbia,
era el llanto que me la secó.
Faltando tan solo minutos
para el brillo y los fuegos del puerto,
esa mano me arrastró sin piedad
hacia el mapa de un rumbo desierto.
Me dejó en una escala perdida,
olvidada en la noche más fría,
y me dio la espalda sin culpa
para ir a buscar su alegría.
Por eso hoy no festejo los años,
ni el durazno adorna mi mesa,
porque el viento me trae el susurro
de esa eterna y oscura tristeza.
Pero el eco de la niña del bolso,
tan pura, tan libre e inocente,
venció para siempre el olvido
de aquella casa demente.