Quise escribirte el poema más hermoso que hubiera nacido de mis manos. Pensé en hablar de tus ojos como si fueran constelaciones, de tu voz como una melodía capaz de detener el tiempo y de tu existencia como el milagro que justifica todas las metáforas.
Me senté frente al papel con el corazón dispuesto a convertirte en inmortal, pero no supe por dónde empezar. No porque me faltaran palabras, sino porque cada vez que buscaba una virtud para sostener el primer verso, tropezaba con un recuerdo que la desmentía.
Qué ironía la de un poeta que posee un universo entero de imágenes y, aun así, no encuentra una sola que pueda vestir con dignidad el nombre de quien alguna vez creyó su musa.
Entonces comprendí que el silencio también puede ser un poema. Hay personas que inspiran océanos de tinta y otras que apenas dejan el amargo sabor de una página en blanco. No es pobreza de imaginación, es el peso de una verdad demasiado incómoda para disfrazarla de belleza.
Quería regalarte versos que sobrevivieran a los años, pero me descubrí escribiendo únicamente sobre las sombras que dejaste a tu paso.
Quizá ese sea tu mayor legado: haber convertido a un hombre que soñaba con cantar a las flores en un poeta resentido que ya no busca la palabra más hermosa, sino la menos injusta para describir todo aquello que nunca debió florecer en ti.