Detenido entre pared
y origen,
y dientes futuros,
que amenazan mutilar memoria,
fragmentarla,
hasta sentirla ajena.
Toda vida
exige cómplice,
vencer la resistencia,
evocar la aventura,
y reír,
hasta que lo prohibido
sea facsímil de cordura.
El huso ovilló distancias,
que ya no albergan sus pasos,
sus huesos ya son ajenos,
memoria del asfalto
que borró el tiempo.
La casa
es el centro del jenga,
donde se apilan nostalgias
y persiste la poesía,
anciana, tan anciana,
como esos ojos que la miran,
colmados y agradecidos.
No hay suelo sin raíces
que lo sostengan,
ni punto tan alto
para ver el niño,
solo altar de reverencia,
para sentir su savia
en su historia perenne.
Nadie imagina,
en qué momento,
una imagen multiplica latidos,
y cava un hoyo tan profundo,
por donde brota la vida
en un segundo.