Nadie me estaba esperando. Era yo golpeando una puerta que hacía años había aprendido a ser pared.
Qué extraño: uno insiste tanto en volver a ciertos lugares, y cuando por fin regresa descubre que quien falta no es el otro.
Entonces deja las llaves sobre una mesa que ya no reconoce, apaga la luz por un gesto de educación, y se marcha sin hacer ruido.
Pensándolo bien, hay despedidas que empiezan mucho antes de que alguien diga adiós.
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Rafael Blanco López
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