Leoness

La Capitana Morgana

 

En el puerto de ceniza y amarras ciegas,

donde el acero muerde el hielo del averno,

el Puerto Comercial Ushuaia, entre nieblas negras,

sepulta mis pasos en su invierno eterno.

 

Alineado al compás de grúas que son garras,

un barco de vapor herido y sin maderas

flotaba invertido, rompiendo las amarras,

con una capitana hecha de quimeras.

 

No navegaba el mar de agua viva y proa,

sino un canal de mercurio y de cristales rotos;

su risa era el espectro de una vieja canoa

y sus ojos, dos faros de naufragios remotos.

 

Me arrastró a una ciudad de silencios ahogados,

de puentes que sangran y casas que flotan al revés,

mientras mis pedazos, al frío amarrados,

danzaban sin piernas a merced de su estrés.

 

Fugaz y maldita, nuestra tregua en el viento,

un ancla oxidada en la fosa del olvido,

un destello de azufre en el no-tiempo,

un nudo de sombras que muerde lo vivido.

 

Hoy el motor ruge con quejido de fiera,

mi buque fantasma surca la marea del fuego,

y en el frío desgarro de la última frontera,

guardo tu luz de calcio, Morgana silva, en mi ciego ruego.

 

¡En el próximo puerto de espectros, tal vez, brote de la fosa la radiante y abismal Morgana!