Caigo,
irremediablemente caigo,
como se derrumba la luna
en las estrías del cielo,
o más como esa gota clandestina,
que se filtra por la grieta del tejado.
Hasta aquí creí que el temporal
era cosa del pasado,
que ya no llovía en casa.
Pero uno baja los pies
de la cama
y a veces es inevitable encontrar
el agua estancada en la habitación.
Hasta cuándo, me pregunto.
A veces corro por las calles,
porque, para serte sincero
ya ganas no tengo de quererte.
Te arrastro
como el arado sobre la tierra,
pero solo abres mi piel
como una herida
que ya no sangra.
Eso es una condición
que le pertenece solo a los vivos.
Vos sabés que puedo ser torpe
para los caminos del olvido,
pero nunca un cobarde
para decirte
que hasta aquí te he querido.
Por eso hoy te escribo
por última vez,
aunque hoy tenga el alma a la intemperie,
completamente desnudo
y duelan las noches frías
como esta.